-¿Qué hace aquí?
-No lo sé seguro. Pero tengo entendido que es un guerrero de los mejores –respondió Tunny, quien chasqueó la lengua, inquieto.
-¿Y eso no es algo bueno en un soldado? –inquirió Yema.
-¡Me cago en sus muertos, no! Sigan mi ejemplo. Yo he sobrevivido a más de una refriega, las guerras ya resultan difíciles sin que haya gente luchando en ellas.
-Muy bien, Retter –dijo Jalenhorm, a la vez que desenvainaba su espada-. Toque la orden de avance.
-Sí, señor –Retter se humedeció cuidadosamente los labios con la lengua, inspiró profundamente y alzó la corneta, preocupado, repentinamente, ante la posibilidad de que se le resbalase de su sudorosa mano y se equivocara de nota, de que estuviera por algún motivo llena de barro y solo sonase como un pedo miserable mientras escupía una llovizna de agua sucia. Tenía pesadillas con eso. Quizá esto que estaba viviendo fuese otra de ellas. Esperaba que así fuese.
-¡Cobardes! –exclamó, pero no podía hacer nada. Un jefe puede meter en vereda a uno o dos de sus muchachos, pero cuando todos a la vez echan a correr, se siente presa de una absoluta impotencia. El poder que confiere el mando puede parecer algo indiscutible y férreo, pero en última instancia solo es una idea que todo el mundo ha decidido creer. Para cuando volvió a refugiarse tras el tronco, todos sus chicos ya habían dejado de creer en esa idea, y, por lo que Curly pudo apreciar, ya solo quedaban él y el desconocido de la capucha roja.



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